domingo, 3 de agosto de 2008

Las palomas en el cable del teléfono

La forma en que Ana iba a ejecutar su propia muerte, no parecía importarle esa tarde.
Abrió las ventanas, estiró el cuello hasta sentir el viento del noveno piso en su naricita fría.
Arriba de la mesa de luz, estaba el cenicero repleto de lágrimas grises que simulaban ser colillas y ceniza.
Mientras se vestía miraba el espejo, sus ojeras, el maquillaje de la noche anterior como una máscara rota después de la fiesta de disfraces.

Ana tenía veintisiete años en la espalda. Por poco que se notara, la sonrisa se le asomaba al pensar que la suma daba nueve.

El sol la tomaba por los hombros y el verde de la plaza abrazaba sus tobillos. El respaldo del banco sostenía entonces su pequeña espalda.
A lo mejor la risa era sustancia celeste, como le gustaba decir, en tardes que ya no se parecían a esta, por final y pensada desde hace tanto.
Respiró todo lo que pudo y volvió al departamento, después de jugar con los infaltables perros que dominaban el lugar.

Ya en el sillón, miraba en silencio su vaso de whisky, atrás un disco viejo le traía esas guitarras del Flaco en los 70s. Todas repeticiones de un instante, pensó, haciendo sonar el hielo al dejar el vaso ahora vacío sobre la mesa de vidrio.

Apretó la colilla en el cenicero limpio y reluciente. Subió el cierre de su vestido rojo. Se miró al espejo.
Sin furia, sin tristeza, sin felicidad fingida y simplemente en calma, dobló su dedo índice hacia dentro.
Y el estruendo final, hizo que volaran las palomas que estaban posadas en el cable del teléfono.

3 comentarios:

MAÍTA dijo...

excelente

Lucy in the sky with diamonds dijo...

Me gustó porque es el final que muchos, no se atreven a tener pero que desean en algunas ocasiones.

Al menos en un pequeño cuento, Ana lo tiene.

Un beso.
Lucy.-

asl dijo...

Estemmm... Mmmmmmm...
Muy bueno. Aunque creo que mató el disfraz, su mochila y su sombra. Ahora imagino a Ana vive feliz, libre de peso y respirando, feliz.
Saludos