domingo, 14 de septiembre de 2008

Máquina de la memoria

Cuando Ignacio pensaba en Tracy se le inundaba la boca de un gusto amargo. Y así había empezado todo. Con otro gusto amargo entre ellos. Y la sonrisa falsa. Y el abrazo fingido.
Cuando esa tarde se vieron de verdad con otros ojos. Octubre era un espasmo de flores nerviosas y de noches que se volvían elásticas entre besos y pinceles.

Casi todos los domingos, Tracy nos visitaba. La invitábamos a tomar unas cervezas, y a reír un poco. Y cómo lo necesitaba. Después de todo, las cosas tampoco eran fáciles para ella.

Ignacio había hecho un cuadro de una mujer con la cara blanca y el pelo negro. Casi como Tracy. Excepto por un detalle que había dejado escapar. El lunar del lado izquierdo del rostro.
Una tarde mientras lo miraba en silencio se dio cuenta, y lo pintó inmediatamente. Ahora era toda Tracy. Como un signo terrible de lo que después iba a ocurrir.

Para variar, un día decidí que nos juntásemos un viernes a la noche. Y todo cambió.

El odio, el amor, el desencanto, la frialdad, el rencor, la culpa. Tantas cosas pueden convivir juntas en la mente de alguien. Y se modula el comportamiento a razón de estos y más elementos. Como si fueran las reglas para armar un reloj cucú que se vende en varias piezas por la televisión.
Sobre todo la soledad. Al fin y al cabo estar solo puede llegar a tornarse desesperante si uno no puede mantenerse en silencio, justamente para no escucharse. Así era Tracy. Sola. Tan sola que daba pena a veces verla emborracharse o escucharla contar de cómo no se acordaba la forma en que volvió a su casa la noche anterior por todas las pastillas que había tomado.
Ignacio se reía con ella, y eran por momentos, los tres ficticiamente felices. Después cuando Tracy se iba y quedaban solos, venía la parte de los llantos y los discursos de Ignacio desde la mecedora.
Al principio todo era por supuesto más divertido. Y él estaba cansado. Cuando le preguntaron si el lunar era el de Tracy, respondió inútilmente que no. Era tan evidente como el sol de la mañana para el trasnochado cuando olvidó salir con los anteojos.

Cada tarde que pasé repitiendo su nombre como un mantra, mientras apretaba colillas contra el cenicero. Y esta parte de mí que aún no entiende por qué las cosas tuvieron que darse de esa forma.
Pero ya no quiero volver el tiempo atrás. A pesar de que siento su ausencia como un montón de hojas secas de Abril amontonadas en la vereda.
Recuerdo cuando sonreía, con el maquillaje corrido y a mí se me caía el cigarrillo.
Las buenas mentiras pueden hacernos tan bien, que nos dan ganas de dejar bien lejos las malas verdades. Todo de pronto se vuelve un remolino, y en este momento es casi como si la viera, ahí, por el medio de la vereda levantándose el vestido rojo, mostrando su sexo a la luna y a mí, sorprendido pero no menos fascinado. Si pudiera Tracy, si pudiera de verdad esta noche abrazarte como entonces, y simplemente oírte decirme feliz cumpleaños. Qué diferente sería todo si hubiera podido decirte muchas menos cosas de las que te dije. Si hubiera podido morderme los labios y hacer de las palabras un silencio que se perdiese en tus besos.
Ahora no importa, pero tu sombra forma parte de cada uno de mis desvelos. A veces tengo tantas ganas de ir a golpearte la puerta. Sé que no sirve para nada, ni siquiera podría encontrar las palabras de tenerte otra vez en frente.

Tracy se servía otro vaso de cerveza mientras Ignacio bailaba en el patio con una escoba. Ellas no están locas - pensó - el único loco acá soy yo. Y lo miraban a través de la ventana y sonreían. Viernes que se iba disolviendo entre los vasos, el humo y el ruido de la radio escupiendo tangos con interferencia.

No quiero perder ningún detalle en mi memoria. Trato de dar manotazos a los recuerdos y es imposible. No puedo evitar que se vayan desvaneciendo. Fechas, lugares, suspiros y silencios se me van perdiendo a cada paso.
Cuando estabas en el hospital y yo leía Borges al lado de tu cama. Y me pedías que te leyera Poe en esas largas noches de verano sin sueño.
Lo que recuerdo también es la luna por la ventana de su habitación. La ventana que daba al oeste. El atardecer que alguna vez torpemente le pinté para que pudiera recordar ese otro que nuestras cuatro pupilas registraron.
Hay demasiados minutos en un día, y retener cada minuto se me hace imposible. Pero estoy seguro de poder señalar con exactitud el lugar de esa vereda de la calle Artusi donde fue nuestro primer beso.
A veces me detengo ahí y pito mi cigarrillo largamente, yendo hacia atrás. Arrancándome de este presente donde Tracy es sólo un recuerdo, o una visión fortuita desde adentro de un bar.

Marqué tu número una vez más, como otras tantas veces. Esta vez estabas tan lejos, quién sabe dónde. Y parecía ayer que habíamos estado en esa plazoleta triangular, besándonos bajo la lluvia.
Y sin embargo, cuánto tiempo hacía ya desde que te quité por primera vez la ropa en la terraza.
Escuché que me decías ‘Hola’ y colgué el teléfono. Qué hubiera podido decirte en este momento? Cuando sé que todo lo dejaste muy claro la última vez que hablamos. Un mediodía hace mil años.

Tracy se dejaba llevar por el remolino del vodka y los psicofármacos. Ignacio la miraba mancharse la cara con rouge mientras intentaba maquillarse borracha. Tracy reía, y el reía también. Con una risa ácida llena de las cosas que se callan.

Hoy pasé temprano por la calle donde vivía con ella. Estaba la ventana abierta, y miré hacia dentro. Fue tan triste ver nuestro cuarto sin muebles, la casa vacía y enterarme más tarde que se alquilaba. Un pedazo de nuestras tres historias latía en esa casa, la de ella, la de Tracy y la mía. Un triángulo de lados absurdamente desiguales que se encontraron varias noches de invierno.

Ignacio miraba con sorna el atardecer y apuraba un mate amargo. La radio hacía sonar estruendoso un chamamé en el aire dominguero y saturado de resaca y malos recuerdos de la noche anterior. Ella dormía, no iba a hacer otra cosa.
Cuando pensaba en ella siempre se sentía molesto, había algo que le apretaba el cuello. Una corbata ajustada, demasiado ajustada, puede ser una buena descripción.
Cuando Tracy llegaba, la casa se transformaba en un bar. Las luces bajaban, el alcohol corría generoso. Y un humo espeso se cernía sobre las tres cabezas que bebían a veces en silencio, a veces intercambiando escasas risas y palabras.

Nos bastaba el silencio. Y saber que no estábamos solos. Después de todo, el tiempo nos fue arrancando las máscaras. Y ella se dio cuenta de todo. Y yo empecé a mirar a Tracy más a los ojos que de costumbre.

Hubiera preferido las cosas distintas. De otra manera, y que Tracy se hubiera alejado. Y ella y yo, tal vez hoy… Pero no sirve, intentar pensar tan lejos. Ahora la noche es toda mía como una prostituta con las piernas abiertas. Sin embargo el silencio de mi teléfono confirma que en realidad siempre estuve solo.

Yo las pensé, las imaginé posibles fragmentos de mí mismo recorriendo el éter. Y acaso mi mayor error fue creerlas humanas. Ni ella, ni Tracy ni ninguna.
Después de todo, esta noche apago el cigarrillo del recuerdo, y destruyo para siempre esta implacable máquina de la memoria.

4 comentarios:

La MaGa dijo...

Te lo digo otra vez...."Las buenas mentiras pueden hacernos tan bien, que nos dan ganas de dejar bien lejos las malas verdades"....Me encanto....Como todo el cuento...

Alin dijo...

La misma frase que La Maga es la que me dejo pensando. Es tan tentadora la idea de ser una buena mentirosa. Y el silencio del telefono confirmando la soledad, ufffff que imagen!
me gusta!
beso

MAÍTA dijo...

increiblemente genial. me gustó mucho.

Pio dijo...

Puta madre. Qué texto fantástico.